Tras el femicidio de Agostina Vega, la adolescente de 14 años asesinada en Córdoba, volvió a instalarse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cómo prevenir la violencia de género antes de que ocurra? Para el psiquiatra Enrique Stola, referente en nuevas masculinidades, una parte fundamental de la respuesta está en revisar la forma en que la sociedad educa a los niños varones.
—Tras el femicidio de Agostina Vega volvió a discutirse cómo prevenir la violencia de género. ¿Por qué es importante poner el foco también en la crianza de los varones?
—Permanentemente se pone el foco en las mujeres: en su rol de madres, de parejas o incluso cuando se habla de prostitución. Siempre la mirada está puesta sobre ellas. Y eso no es casual. El mundo ha estado organizado desde una mirada masculina y somos los hombres quienes, de alguna manera, determinamos dónde se tiene que mirar.
Gracias a la lucha de los feminismos esto se está modificando lentamente. Tenemos que poner la mirada en los varones, en cómo somos socializados y en qué es lo que nos lleva a aceptar o ejercer el poder sobre otras personas, sobre las mujeres y sobre la naturaleza. La prevención de la violencia requiere analizar profundamente cómo educamos a los niños.
—¿Qué aprendizajes o mandatos reciben los niños sobre lo que significa “ser hombre”?
—La antropóloga Almudena Hernando plantea que las mujeres no fueron ubicadas en una posición subordinada por cuestiones biológicas, sino por el rol afectivo que históricamente han cumplido dentro de los grupos humanos. Las mujeres suelen ser quienes sostienen los vínculos y la cohesión social.
En cambio, los hombres somos socializados desde muy pequeños en el goce del ejercicio del poder. No solo se limita nuestra conexión con determinadas emociones, sino que además se estimulan conductas asociadas al dominio, la competencia y la autoridad.
Eso luego se traduce en conductas de control, en complicidades entre varones y en formas de sostener la dominación masculina, incluso cuando no hay violencia física visible.
—Muchas personas piensan que la violencia de género se limita a los golpes o insultos. ¿Es así?
—No. Esas son las formas más visibles. Pero existen muchas otras violencias naturalizadas.
Por ejemplo, cuando una mujer carga con la organización mental de la vida familiar y un hombre simplemente ejecuta tareas que ella planifica, ahí también hay una desigualdad. Cuando las tareas de cuidado recaen principalmente sobre las mujeres, estamos frente a una forma de sostener relaciones de poder desiguales.
La violencia de género no aparece de un día para otro. Se construye en pequeñas prácticas cotidianas que muchas veces pasan desapercibidas.
—Si una familia quiere criar un hijo que construya vínculos respetuosos e igualitarios, ¿qué aspectos debería trabajar desde la infancia?
—Lo fundamental es el ejemplo. En una familia heterosexual, el vínculo entre padre y madre es una referencia permanente para los hijos.
Si ambos participan de manera igualitaria en las tareas domésticas y de cuidado, ese es un mensaje muy poderoso. Pero además hay que invitar a los varones a participar activamente de esas tareas, no solamente a las niñas.
Participar en el cuidado desarrolla una ética del cuidado. Y mientras se cocina, se ordena o se acompaña a alguien, también se puede conversar. Preguntar cómo se sienten, qué los pone contentos, qué les da miedo o qué los entristece. Es importante que los niños incorporen palabras para nombrar emociones y sentimientos.
—¿Qué relación existe entre la educación emocional y la prevención de las violencias?
—Es una relación directa. Recuerdo una experiencia que compartió una representante de Suecia durante un encuentro internacional sobre violencia de género.
Allí observaron cómo interactuaban las cuidadoras en jardines maternales. Descubrieron que cuando se dirigían a las niñas, les hablaban sobre emociones y sentimientos: les preguntaban cómo se sentían o qué les producía determinada actividad.
Con los varones, en cambio, predominaban las órdenes, los límites o las indicaciones. No aparecían conversaciones que les permitieran identificar emociones ni invitaciones a participar en tareas de cuidado.
Ese tipo de diferencias, que parecen pequeñas, tienen un enorme impacto en la construcción de las masculinidades.
—¿Qué consejos concretos darías a familias y docentes?
—Primero, revisar los propios comportamientos. Los adultos educamos mucho más con lo que hacemos que con lo que decimos.
Segundo, involucrar a los niños en las tareas de cuidado y domésticas desde edades tempranas.
Tercero, habilitar conversaciones sobre emociones, ayudarlos a identificar lo que sienten y a expresarlo sin vergüenza.
Y cuarto, cuestionar los mandatos tradicionales que asocian la masculinidad con el poder, el control o la ausencia de sensibilidad.
—¿Hay algo más que te gustaría agregar?
—Ninguna familia puede garantizar por sí sola que un niño crezca completamente libre de estos mandatos. La influencia de la cultura es enorme. El sentido común dominante sigue transmitiendo ideas sobre cómo deben comportarse hombres y mujeres.
Por eso la tarea no es solo de las familias. También involucra a las escuelas, a los medios de comunicación, a las instituciones y a toda la sociedad. Pero cuanto antes empecemos a trabajar estos temas con los niños, mayores serán las posibilidades de construir relaciones más igualitarias y una sociedad menos violenta.
Te puede interesar. Cuota alimentaria: un fallo judicial reconoció el valor económico del cuidado de las abuelas
Te puede interesar. Prohíben labiales y maquillajes infantiles de Hello Kitty y Labubu: son riesgosos para la salud
Te puede interesar. Sandro Comba: “La prevención de la violencia de género empieza en la crianza de los varones”




