Tras el femicidio de Agostina Vega, la adolescente de 14 años asesinada en Córdoba, volvió a instalarse una pregunta urgente: cómo prevenir la violencia de género antes de que ocurra.
Para el psicólogo Sandro Comba, especialista en masculinidades y exintegrante del Centro Integral de Varones de Córdoba, una parte de la respuesta está en la infancia y en los modelos de masculinidad que la sociedad transmite a los niños.
—Tras el femicidio de Agostina Vega volvió a discutirse cómo prevenir la violencia de género. ¿Por qué es importante poner el foco también en la crianza de los varones?
—Porque durante muchos años se trabajó principalmente con las mujeres, con niñas, niños y adolescentes, brindándoles herramientas para protegerse. Eso fue necesario, pero faltaba una parte fundamental: trabajar con quienes ejercen la violencia. A partir de los años 90 comenzaron a aparecer estudios que pusieron el foco en los procesos de socialización de los varones y en cómo se construyen los roles de género desde la infancia. Hoy sabemos que si queremos prevenir la violencia tenemos que preguntarnos cómo estamos criando a nuestros hijos varones.
—¿Qué aprendizajes o mandatos reciben los niños sobre lo que significa “ser hombre”?
—Los varones crecen en una cultura que históricamente les atribuyó características como ser superiores, fuertes, racionales, independientes y con capacidad de decidir por otros. Aunque hoy pocos dirían explícitamente que los hombres son superiores a las mujeres, esas ideas siguen apareciendo en las prácticas cotidianas y en los vínculos. Muchos varones sienten que deben tener la última palabra, saber más o dirigir la vida familiar. Son mandatos que terminan generando desigualdad y que también producen sufrimiento en los propios hombres.
—Si una familia quiere criar un hijo que construya vínculos respetuosos e igualitarios, ¿qué aspectos debería trabajar desde la infancia?
—Lo primero es cuestionar esos mandatos. Hay que ofrecer experiencias diferentes desde los primeros años. Por ejemplo, dejar de asociar colores, juguetes o actividades a un género determinado. No alarmarse porque un niño quiera jugar con muñecas o porque una niña prefiera los autitos. También es importante promover juegos cooperativos más que competitivos y acompañar a los chicos a analizar críticamente los mensajes que reciben de las pantallas, las redes o la publicidad. La igualdad también se enseña en esas pequeñas escenas cotidianas.
—Muchas veces se habla de la importancia de que los chicos expresen emociones. ¿Qué relación existe entre la educación emocional y la prevención de las violencias?
—Yo suelo explicar que el comportamiento humano surge de una combinación entre pensamiento y sentimiento. Lo que pensamos sobre una persona o una situación genera determinados sentimientos y, finalmente, determinados comportamientos. Si un varón crece creyendo que las mujeres son inferiores o que deben comportarse de cierta manera, cuando la realidad contradiga esa creencia probablemente aparezcan sentimientos negativos que pueden derivar en conductas violentas. Por eso no alcanza con hablar de emociones. También hay que revisar las ideas y creencias que sostienen esas emociones. Cambiar los pensamientos permite construir sentimientos y comportamientos diferentes.
—¿Qué recomendaciones concretas les daría a madres, padres y docentes?
—La primera es muy clara: que los varones adultos dejen de ejercer violencia dentro de sus propias familias. Los chicos aprenden más de lo que ven que de lo que escuchan. No alcanza con ir a una marcha si después en casa se reproducen prácticas violentas o desiguales. La segunda recomendación es construir categorías de pensamiento diferentes, que no asocien a los hombres con la racionalidad y el poder ni a las mujeres con la dependencia o la debilidad. Y la tercera es aprovechar los hechos de actualidad para conversar. Cuando ocurre un femicidio o un caso de violencia, no hay que limitarse a mirar la noticia: hay que sentarse a hablar sobre sus consecuencias, sobre el dolor que generan y sobre qué tipo de sociedad queremos construir.
Para Comba, el desafío es enorme porque las desigualdades de género tienen raíces muy profundas en la cultura. Sin embargo, considera que este es un momento histórico para revisar esas creencias y transformar la forma en que niños y niñas aprenden a relacionarse. “La prevención no empieza cuando aparece la violencia. Empieza mucho antes, en cada conversación, en cada juego y en cada ejemplo que ofrecemos a las nuevas generaciones”, concluye.
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