Frente a situaciones de violencia o amenazas en escuelas, una abogada especializada en niñez propone ir más allá de la urgencia: trabajar en vínculos, comunidad y prevención cotidiana.
La aparición de amenazas o situaciones de violencia en escuelas, como las que se conocieron en las últimas semanas, pone en agenda una pregunta incómoda pero necesaria: ¿alcanza con tener protocolos para cuidar a chicos y adolescentes?
Para la abogada especializada en derechos de niños, niñas y adolescentes Viviana Cativelli, la respuesta es clara: no. Los protocolos son necesarios, pero insuficientes.
“Son herramientas que ordenan y dan previsibilidad ante situaciones complejas. Pero no educan”, plantea.
En su reflexión, advierte que limitar la respuesta a lo urgente —a lo que hay que hacer cuando ocurre una amenaza— puede hacer perder de vista lo más importante: la construcción de entornos seguros en el día a día.
La violencia no es “natural”
Uno de los puntos centrales es entender que la violencia no es un rasgo propio de los chicos, sino una construcción social. Es decir, está atravesada por vínculos, desigualdades y contextos.
Por eso, intervenir solo cuando aparece un conflicto implica dejar de lado todo lo que ocurre antes: las relaciones, el clima escolar, las formas de vincularse.
“Si convertimos la escuela en un espacio de gestión de riesgos, empobrecemos el acto pedagógico”, advierte la especialista.
La prevención empieza en lo cotidiano
Lejos de las grandes medidas, la clave está en lo que sucede todos los días dentro del aula. Cativelli habla de los “microgestos de buen trato”: pequeñas acciones que construyen convivencia.
Un ejemplo concreto: cuando un docente propone que estudiantes que comprendieron un tema ayuden a quienes están en proceso. Ese gesto, explica, no es solo pedagógico: también es una forma de construir comunidad y evitar la estigmatización.
“La paz no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de redes de cuidado”, sostiene.
Una responsabilidad compartida
Otro punto clave es no depositar toda la responsabilidad en la escuela. Muchas veces, frente a estas situaciones, se espera que los docentes sean quienes resuelvan todo: contengan, enseñen, prevengan.
Pero eso, advierte, no solo es injusto, sino también ineficaz.
“La escuela no puede ser una isla. La convivencia se construye en red”, plantea.
En ese sentido, el rol de las familias es central: acompañar, dialogar, involucrarse. No solo desde el control, sino desde el cuidado de los vínculos.
Educar para la paz
El marco legal en Argentina es amplio y establece la obligación de proteger a niños, niñas y adolescentes. Pero también deja en claro que no se trata solo de intervenir cuando algo sucede, sino de generar condiciones para que ciertas situaciones no ocurran.
Hablar de armas o violencia en la escuela incomoda. Y, según la especialista, está bien que así sea. Esa incomodidad puede ser el punto de partida para preguntarse qué tipo de escuela queremos.
“La paz no se decreta. Se construye todos los días, en la escuela, en la familia y en la comunidad”, concluye.
En tiempos donde el miedo aparece con fuerza, volver a lo esencial, los vínculos, el cuidado, la palabra, sigue siendo una de las herramientas más potentes para acompañar a chicos y adolescentes.
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