El presidente de Grooming Argentina advierte sobre el crecimiento de la violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes en los entornos digitales y plantea que el grooming debe entenderse en relación con otras formas de violencia. Educación digital temprana, diálogo familiar y prevención, sostiene, son las principales herramientas para enfrentar un fenómeno que encuentra en la hiperconectividad un terreno fértil.
El grooming no empieza cuando un niño o adolescente se encuentra físicamente con un adulto. Puede comenzar y terminar completamente detrás de una pantalla. Para Hernán Navarro, presidente de Grooming Argentina, comprender esta característica es indispensable para dimensionar una problemática que, advierte, puede conectarse con otras formas de violencia sexual y delitos.
—¿Qué dimensión tiene actualmente el grooming?
—Lo primero que debemos identificar es que nos estamos enfrentando a la pedofilia. El pedófilo que antes intentaba tocar hoy es el mismo que intenta conectarse. Lo que cambia es el “coto de caza”. Un solo perfil puede estar teniendo conversaciones simultáneas con 200 niños, niñas y adolescentes. A mayor posibilidad de contacto, mayor posibilidad de concreción.
Navarro define al grooming como una forma de violencia sexual sin contacto físico y advierte especialmente sobre su relación con el material de abuso sexual de niños, niñas y adolescentes (MASNNA).
“Hace mucho tiempo que estamos señalando la relación directa entre grooming y material de abuso sexual. No hablamos de ‘pornografía infantil’: son videos o imágenes de abusos sexuales contra niños y niñas”, enfatiza.
—¿Qué muestran los datos sobre la circulación de ese material?
—Durante 2025 las plataformas reportaron 26,3 millones de videos de violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes al NCMEC (National Center for Missing & Exploited Children). Si cada uno durara apenas un minuto, harían falta alrededor de 50 años de reproducción ininterrumpida para verlos todos. Por eso, cuando decimos que estamos ante una pandemia en las sombras, no exageramos.
Según Navarro, la franja de 9 a 13 años aparece especialmente atravesada por situaciones de grooming. También advierte que el fenómeno debe contemplarse en investigaciones sobre desapariciones de niños y adolescentes.
—¿Un caso de grooming puede terminar en un encuentro presencial?
—La mayoría queda en lo digital y no trasciende a lo físico, porque muchas veces lo que busca el delincuente sexual es obtener contenido. Pero no podemos descartar el encuentro: existe casuística de situaciones que terminaron en violencia sexual física e incluso femicidios. También debemos mirar la intersección entre grooming y trata de personas.
Además, Navarro señala la aparición de “vasos comunicantes” entre diferentes riesgos digitales. Un adolescente que necesita dinero para apostar, ejemplifica, podría enviar imágenes íntimas y posteriormente quedar atrapado en una situación de extorsión.
“Seguimos pensando internet como si fuera otro mundo”
—¿Por qué estas violencias pueden pasar inadvertidas para los adultos?
—Porque todavía existe la falacia de los dos mundos: creemos que hay un mundo físico y otro virtual. En realidad, vivimos en un único mundo con escenarios físicos y digitales. Todo lo que nos pasa en internet es real. La violencia no ataca al teléfono: ataca a la identidad digital de una persona.
A esto se suman, según Navarro, la hiperconectividad, la falta de educación digital y una distancia generacional que dificulta el diálogo. Los adultos muchas veces desconocen el lenguaje y las dinámicas que circulan por las plataformas que utilizan sus hijos.
“Tenemos hiperconectividad y, por ende, hipervulnerabilidad. Si a eso le sumamos ausencia de educación digital y dificultades de los adultos para construir una narrativa común con los chicos, tenemos una tormenta perfecta”, sostiene.
¿Cómo prevenir el grooming?
—¿Cuál es entonces la principal herramienta?
—La prevención primaria es el eje. Siempre decimos que la mejor víctima es la que no existe. Y para que no exista tiene que haber compromiso de toda la sociedad. La clave está en la educación digital, tanto para niños, niñas y adolescentes como para el mundo adulto.
Navarro cuestiona, en ese sentido, la idea de que los chicos son “nativos digitales” y que, por haber nacido rodeados de tecnología, saben automáticamente cómo protegerse.
“Pueden saber usar una aplicación, pero eso no significa que tengan un conocimiento profundo sobre los riesgos. Necesitan información, formación y educación digital”, explica.
También plantea reparos frente a las respuestas centradas exclusivamente en restringir el acceso.
—¿Prohibir puede protegerlos?
—La prohibición puede convertirse en sinónimo de clandestinidad. ¿Qué chico va a pedir ayuda si contar lo que le pasó significa reconocer que incumplió una norma familiar? Los chicos muchas veces ocultan situaciones no para involucrarse en un problema, sino para intentar salir de él, sobre todo cuando sienten que pueden decepcionar a las personas que más quieren.
Para Navarro, el objetivo tampoco debería ser pensar que los adultos podrán impedir cualquier contacto peligroso.
“No vamos a poder evitar que un pedófilo le hable a un niño. Mientras exista conectividad, el delito va a coexistir. Lo que sí podemos hacer es evitar que ese chico se convierta en víctima. Y eso se construye con comunicación, pautas de conectividad, educación temprana, un Estado presente y cooperación internacional”.
Reportar también es proteger
Grooming Argentina administra en el país una línea de reporte de material de abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes. A través de su sitio, cualquier persona que encuentre este tipo de contenido puede reportarlo.
Según explicó Navarro, a partir del enlace recibido se identifica dónde se encuentra alojado el material y se activa un procedimiento que incluye su remisión a Interpol, con el objetivo de avanzar en su desindexación y activar los mecanismos internacionales correspondientes.
Para el especialista, combatir estas violencias requiere abandonar definitivamente la idea de que aquello que sucede detrás de una pantalla es menos real.
La pregunta que propone hacerse a los adultos es sencilla pero incómoda: “¿Quién los está cuidando?”. Y su respuesta vuelve al mismo lugar: no alcanza con entregarles un dispositivo o establecer prohibiciones. El desafío es estar presentes también en la vida digital de niños, niñas y adolescentes.
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