La decisión de enviar a un hijo a jardín maternal o guardería suele generar dudas en los padres, especialmente por el temor a los contagios.
Sin embargo, una reciente investigación publicada en la prestigiosa revista científica Nature revela un beneficio inesperado: la socialización a temprana edad reconfigura por completo el microbioma intestinal de los bebés, favoreciendo una mayor diversidad bacteriana.
El estudio, liderado por el microbiólogo Nicola Segata de la Universidad de Trento, analizó cómo se transmiten las bacterias entre los lactantes durante su primer año de guardería.
Los resultados son sorprendentes: después de solo cuatro meses de asistencia, los bebés ya comparten entre el 15% y el 20% de sus especies microbianas.
Claves del estudio sobre el microbioma infantil
Según la información difundida por Nature, estos son los puntos fundamentales que los padres deben conocer:
- Diversidad superior a la familiar: La proporción de microbios que los bebés adquieren de sus pares en el jardín es mayor que la que han recibido de su propia familia desde el nacimiento hasta ese momento.
- Ventana de oportunidad: A los 10 meses (edad media del estudio), el sistema inmunitario aún no está "entrenado", lo que hace que el intestino sea mucho más receptivo a adquirir nuevas cepas de otros niños y adultos.
- El rol de los hermanos: Los bebés que tienen hermanos mayores suelen tener una microbiota más diversa y tienden a adquirir menos cepas nuevas de sus compañeros de jardín, ya que su "ecosistema" interno ya es robusto.
- Efecto comunidad: El intercambio no se detiene en el aula. El estudio mapeó cómo una bacteria puede saltar de una madre a su hijo, de este a un compañero de juegos y, finalmente, a los padres de ese otro bebé.
Más que solo dieta
Aunque la alimentación en las guarderías influye, la investigación destaca que las interacciones sociales son el factor clave para construir un microbioma saludable y variado.
Esta diversidad es esencial para el desarrollo a largo plazo, ya que un ecosistema intestinal rico se asocia con una mejor respuesta inmunológica y salud general.
Este hallazgo invita a ver los encuentros entre bebés no solo como un espacio de juego, sino como un proceso biológico esencial para "entrenar" sus defensas naturales desde los primeros meses de vida.





