El Último Primer Día qué es y por qué genera debate entre familias y escuelas. Claves para acompañar esta celebración adolescente sin perder de vista el cuidado.
Cotillón fluorescente, remeras intervenidas, música fuerte y abrazos entre compañeros. El Último Primer Día (UPD) se instaló como un ritual entre quienes comienzan sexto año del secundario. Para muchos adolescentes, es una forma de marcar un momento clave: empezar el último año escolar.
Pero detrás de la celebración, aparece un escenario más complejo: noches sin dormir antes de ir a clases, consumo de alcohol, organización de fiestas y, en algunos casos, conflictos o situaciones que requieren intervención adulta.
Lo que antes podía parecer una travesura aislada hoy se convirtió en un fenómeno planificado con semanas de anticipación, organizado por redes sociales y que involucra a familias, escuelas y al Estado en una pregunta común: cómo acompañar sin perder de vista el cuidado.
Más que una fiesta: el sentido del “último primer día”
El UPD condensa algo genuino: la necesidad de marcar un umbral. Para muchos adolescentes, es una despedida anticipada de la escuela, aun antes de que termine.
El problema surge cuando la pertenencia al grupo parece depender del exceso.
Nicolás Bacciaforte, presidente de la Junta Arquidiocesana de Educación Católica (Jaec), explicó que las escuelas están atentas a cómo evolucionan estas celebraciones.
“Los chicos se organizan por redes y no se sabe si van a salirse con alguna nueva”, señaló.
En lo cotidiano, el foco está puesto en algo básico: evitar que estudiantes lleguen alcoholizados al primer día de clases. Cuando ocurre, la respuesta suele ser llamar a las familias para que los retiren.
En algunas localidades, sin embargo, se buscan alternativas. Bacciaforte mencionó experiencias donde las escuelas impulsaron encuentros compartidos entre estudiantes y familias, intentando encauzar la celebración hacia un formato más cuidado.
Familias: entre la resignación y el acompañamiento
Soledad Cabral, de la Asociación Civil de Familias por la Educación Córdoba, planteó que el debate suele comenzar en los grupos de padres.
“Muchas escuelas han dicho: ‘no los vamos a dejar entrar si vienen borrachos’”, contó.
Pero el verdadero desafío aparece antes.
“Hay familias que dicen ‘no tengo problema en que vaya’, y otras que lo viven como una salida más y se desentienden del estado en el que llegan a la escuela”, explicó.
Para Cabral, el cuidado requiere una responsabilidad compartida. Los protocolos no alcanzan sin compromiso real.
“El Gobierno puede hacer recomendaciones, pero si no hay compromiso de las familias, queda en letra muerta”, afirmó.
También advirtió que el UPD ya no es solo de sexto: en algunos casos, estudiantes de quinto participan en la organización.
En ciudades grandes, además, surgen tensiones con el entorno: ruidos, ocupación del espacio público y quejas vecinales.
La pregunta que aparece es simple y difícil a la vez: cómo poner límites sin romper el diálogo.
“El prohibir a ciegas puede ser peor: el chico termina mintiendo para ir”, dijo Cabral, quien propone sostener conversaciones claras, especialmente sobre el consumo de alcohol.
Diferencias según el contexto
En localidades más pequeñas, el fenómeno también crece, pero con otros matices.
Ariel, padre de una estudiante de San Marcos Sierras, contó que allí el UPD se organizó con participación adulta.
“Nos pidieron que haya dos adultos responsables para acompañar y evitar que se descontrole”, relató.
En ese caso, la escuela organizó además un desayuno compartido con familias, como forma de bajar la ansiedad del inicio.
Lo que sienten los chicos
Alina, estudiante del Ipem 45, contó que su grupo empezó a planear el UPD desde diciembre.
“Venimos esperando este momento desde cuarto”, dijo.
Decidieron limitar la participación solo a su curso y designar un adulto responsable.
En su casa no le prohibieron asistir, pero sí le pidieron que no llegue alcoholizada a la escuela.
Su resumen explica por qué el UPD prende:
“Estamos entusiasmados y sabemos que se termina la escuela; tenemos muchos sentimientos encontrados”.
Alcohol y adolescencia: una etapa sensible
Para el psicólogo Juan Carlos Godoy, investigador de la UNC y del Conicet, el UPD debe entenderse dentro de un contexto más amplio.
“Es un fenómeno naturalizado que incluye consumo de alcohol y por eso es complejo”, señaló.
La adolescencia es una etapa de búsqueda de experiencias y pertenencia, lo que aumenta la vulnerabilidad frente al consumo.
El objetivo, explicó, debería ser retrasar lo más posible el inicio en alcohol u otras conductas adictivas.
Godoy también cuestionó una idea extendida: permitir que el consumo ocurra en casa como forma de control.
“La evidencia muestra que esto no reduce riesgos”, advirtió, y puede estar asociado a decisiones impulsivas o consecuencias a largo plazo en el desarrollo cognitivo.
Su recomendación a las familias es clara: no naturalizar el fenómeno y sostener mensajes coherentes.
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